Transitamos un momento único en la historia de la educación. Lo que antes parecía invariable –cómo se enseña, cómo se aprende, quién

valida el conocimiento y quién lidera los procesos– hoy está en revisión. La irrupción de nuevas herramientas, como la inteligencia artificial generativa, nos obliga a mirar más allá del uso mismo de la tecnología y preguntarnos: ¿qué habilidades necesitamos potenciar en quienes aprenden? ¿Qué esperan y desean realmente de su experiencia educativa?
La clave no está en reemplazar, sino en potenciar lo humano con lo tecnológico. Se trata de integrar estas herramientas de manera estratégica para fortalecer lo que es insustituible: pensamiento crítico, creatividad, resolución de problemas complejos, colaboración, adaptabilidad y liderazgo ético. La pregunta central ya no es únicamente qué puede enseñar un docente. Ahora debemos pensar cómo diseñar entornos que permitan a los estudiantes desarrollar su potencial integral, estimulando tanto el conocimiento como la autonomía, la curiosidad y la innovación.
Replantear quién valida el conocimiento implica abrirse a nuevas formas de reconocimiento y evaluación. Hoy, la autoridad educativa no reside únicamente en títulos o certificaciones tradicionales, sino también en la capacidad de demostrar competencias en contextos reales y en la habilidad de aprender de manera autónoma. Esto exige sistemas flexibles que reconozcan la diversidad de caminos hacia el aprendizaje y que otorguen valor a distintas formas de demostrar la adquisición de habilidades, incluyendo proyectos colaborativos, experiencias prácticas y aprendizaje basado en problemas reales.
Del mismo modo, cuestionar quién lidera la educación nos lleva a repensar los roles. Los líderes educativos ya no son solo quienes transmiten contenidos, sino quienes crean condiciones para que el aprendizaje ocurra de manera significativa. Esto requiere diseñar experiencias que fomenten la curiosidad, la experimentación y la autonomía, así como reconocer la importancia de escuchar a quienes aprenden, sus necesidades, aspiraciones y contexto. Liderar la educación hoy implica guiar procesos en los que el conocimiento se construye de manera dinámica y participativa, promoviendo la ética, la responsabilidad y la colaboración como ejes fundamentales.
En este nuevo paradigma, la educación deja de ser un espacio rígido y jerárquico para convertirse en un laboratorio de posibilidades, donde la innovación pedagógica y la integración de la tecnología trabajan al servicio del desarrollo humano. La inteligencia artificial, por ejemplo, puede automatizar ciertas tareas, facilitar el acceso a información o personalizar experiencias de aprendizaje, pero su verdadero valor está en cómo se usa para potenciar y no reemplazar las competencias inherentemente humanas.
El desafío es grande: cuestionar paradigmas, procesos y tradiciones establecidas. Pero fundamentalmente es una oportunidad histórica para construir un sistema educativo que no solo prepare a los estudiantes para adaptarse a un mundo cambiante, sino también para que sean protagonistas de esa transformación. La educación es, más que nunca, un acto de visión y compromiso con el futuro, y desafiar los paradigmas establecidos es el camino.
Rectora de Universidad Siglo 21