El Evangelio nos invita a descubrir una Iglesia de puertas abiertas, donde nadie quede excluido y todos tengan un lugar en la mesa de Dios.

 

Buenos y malos, santos y pecadores, todos somos hijos e hijas amados por Dios. La invitación es para todos, porque su amor y su misericordia no conocen fronteras.

Como nos enseñaba el papa Francisco, la Iglesia estÔ llamada a recibir, abrazar y acompañar; a interesarse mÔs por las personas que por los papeles, a invitar a celebrar la fe y a vivir el encuentro con Jesús.

Que aprendamos a construir una comunidad que abra sus puertas, que no juzgue ni excluya, y que haga sentir a cada persona que tiene un lugar.

Ser parte del pueblo de Dios no es un privilegio para sentir orgullo, sino un regalo para compartir. ā¤ļø